miércoles, 17 de enero de 2018

La educación y la muerte según Montaigne

MICHEL DE MONTAIGNE

Dada la vanidad y la inestabilidad de todo cuanto existe, tanto en su concepción del hombre y de la vida como en el conocimiento de sí mismo, Montaigne dejó de lado cualquier ambición de perfeccionamiento, imposible en un orden en el que lo bueno y lo malo se entremezclan necesariamente.
Gracias a la idea de fortuna se da cuenta el autor de qué es la acción: un deambular azaroso en el que el éxito y el fracaso no dependen de la voluntad, sino del favor o la desgracia del momento.  La fortuna puede favorecer o contrariar la acción, pero ni la voluntad la somete en el primer caso, ni es su enemiga en el segundo, la fortuna es lo arbitrario absoluto, indiferente, la forma primera de la distancia que separa la voluntad humana del curso de las cosas. Por lo tanto, ni triunfar es un mérito ni fracasar una incapacidad  atribuibles al hombre.
De las experiencias observadas se desprende así para Montaigne la conveniencia de renunciar a cualquier tipo de voluntad sistemática. Querer algo o hacer planes no garantiza que se consiga esa meta; renunciar, desesperar, no conlleva la certeza de no lograr el objetivo; no hay un nexo inteligible entre el deseo y el cumplimiento, ni entre la renuncia y la pérdida; en el mundo reina el absurdo.
La “voluptuosidad” presente en la obra de Montaigne consiste así en el abandono de uno mismo a la gracia y a la plenitud de la existencia, ennoblecido por la medida y la reflexión.
Para el pensador francés , la educación de la infancia debía enfocarse hacia un doble objetivo: hacer hombres felices y conseguir una mejor sociedad futura.
Para ello, el preceptor deberá tener la cabeza “bien formada, más que bien llena”; no debe estar cargado de prejuicios y debe adaptar su enseñanza a su alumno, no al revés.

Es importante que el chico no se contente con la formación que le puedan suministrar los libros: debe de viajar y ver mundo. No fiarse de su memoria, sino implicar siempre al entendimiento. No sólo “fortalecer el alma” sino también los músculos; Montaigne preconizaba el entrenamiento de los niños , que debería compensar la suavidad de los métodos de enseñanza para dotar de resistencia al alumno. El infante tenía que endurecer su cuerpo, aprender a no temer el  frío ni la oscuridad, aprobar a probar toda clase de alimentos. Debía fortalecerse para sufrir menos. El educador deberá hacer del niño un “leal servidor de su príncipe” , pero enseñándole a no esclavizarse, en otros términos, ano convertirse en cortesano. Según Montaigne, podría hacerse en estos términos: no hay nada como atraer el interés y el afecto; de otra manera ,lo único que se logra son asnos cargados de libros.

Pedagogía lúdica y dulce severidad
Montaigne defendía asimismo la ideas del aprendizaje mediante el juego, presente ya en François Rabelais y consagrada siglos más tarde por el poeta, dramaturgo y pesador alemán Friedrich Schiller ( 1759-1805). Sostuvo la necesidad de inculcar al niño  el gusto por aprender, ya que la formación depende de la motivación del alumno. No basta con acumular conocimientos la vida de una persona muestra más que los saberes que haya podido memorizar “El verdadero espejo de nuestras razones es el transcurso de nuestras vidas” Y para poder vivir de manera sabia será preciso que cada cual siga su naturaleza sin forzarla con los sentidos atentos al mundo y también a sí mismo.”
“ Debe el maestro acostumbrar al discípulo a pasar por el tamiz todas las ideas que le transmita y hacer de modo de modo que su cabeza no dé albergue a nada por la simple autoridad y crédito”. Enseñar a tener un espíritu crítico, una autonomía de pensamiento y una libertad de conciencia capaces de formar a un hombre realmente libre.

Cualquier hombre, sea como sea y viva donde viva, tiene derecho a existir y a llevar una vida de acorde con su naturaleza y con las costumbres de su sociedad.
Tanto si la naturaleza es considerada una causalidad universal dotada de finalidad, como si es imaginada como la madre fecunda y generosa, a veces aparece subordinada y otras identificada con la providencia divina. Así, en lo relacionado con el hombre, es el  instinto infalible del bien.

La naturaleza humana
Con todo, podemos muy bien montarnos sobre zancos, pues aún sobre zancos hemos de andar sobre nuestras piernas. Y en el más elevado trono del mundo, estamos sentados sobre nuestro trasero”. El hombre es una criatura desamparada que no debe ser juzgada de manera negativa con motivo de su condición natural; solo cabe observarla y aceptarla tal y  como es.
Puesto que Dios ha querido dotarnos de cierta capacidad de razonamiento, a fin que no estemos, como los animales, servilmente sometidos a las leyes comunes, sino que , por el contrario, nos apliquemos a ellas por juicio y libertad voluntaria, debemos ceder  un poco a la simple  autoridad natural, ero no dejarnos llevar tiránicamente por ella; sólo la razón debe de dirigir nuestras inclinaciones.
A diferencia de los estoicos,  los epicúreos no consideran el instante como la posibilidad de actuar y afirmar su autonomía, sino más bien como una ocasión de placer. Esta búsqueda  de gozos requería disciplina, pues se trataba de satisfacer las necesidades naturales, y no la artificiales, que son ilimitadas. Era preciso asimismo saber templar el placer, para evitar sufrimientos en su ausencia.
El individuo que sabía que la muerte no era más que una de esas metamorfosis ya no temía el instante supremo. la visión de Montaigne adquirió de la muerte al final de sus días respondía más a esta concepción epicúrea que a la actitud heroica que ante el final de la vida preconizaban los estoicos.
Aprendió entonces de los epicúreos que el instante cobra realizad gracias al placer, que es una creación del individuo, con infinitas variantes pero siempre con una participación activa de la conciencia.

Correría de un extremo a otro del mundo para busca un año de tranquilidad agradable y alegre, pues no tengo otro propósito que vivir y disfrutar”.
La naturaleza guía al hombre no sólo con suavidad, sino también con prudencia y justicia. Las leyes que impone, dice, son siempre “más agradables que las que nos imponemos nosotros”, y las reconocemos gracias a la experiencia y a la observación de nosotros mismos.
Montaigne inició así el recorrido que le llevaría a su propia idea de la muerte, que excluiría los motivos cristianos y se centraría en la actitud que debe be adoptarse ante ese fenómeno. Puesto que se trata de la única angustia absolutamente inevitable para el hombre, este debe anticiparse, imaginarla y prepararse para ella. El remedio del vulgo es no pensar en ella. pero ¿de qué brutal estupidez puede venirle una ceguera tan burda?”. Quién no reflexiona sobre la muerte desde el principio de su vida consciente comete un acto de negligencia que tendrá que pagar en su última hora, afirma el pensador.

No obstante, debe de vivirse con normalidad, aceptándola con resignación aunque con cierta impasibilidad, continuando con las costumbres y avatares existenciales.
“La muerte definitiva no es sino la última actualización de la muerte que está presente siempre.  No   hay que ver en la muerte solo un desenlace inevitable, sino familiarizarse con ella y abrazarla armoniosamente como una parte más de la vida.
El desprecio a la vida que implica el suicidio le repugnaba; el hombre debe de aceptar la vida con sus condiciones, entre ellas su finitud. “ De nuestras enfermedades, la más salvaje es despreciar nuestro ser”.
Cada hombre debe de morir como mejor pueda, siempre que se mantenga fiel a sí  mismo;  tiene sentido buscar una actitud ejemplar en la muerte si ello contradice la vida que uno ha llevado: “Cada muerte debe de ser semejante a la vida, no nos convertimos en otros para morir”.

Si un hombre no se siente con fuerzas para afrontar la muerte de cara, sin ayudas (algo por otro lado normal si  no es un héroe como Sócrates ,pensaba el gascón) es mejor que se apoye en la naturaleza y no en escapatorias que le puedan facilitar la religión o la teoría filosófica..
De poder elegir, él hubiera preferido estar abierto a esa experiencia final en plena actividad (mejor a caballo que en cama ,dijo), y en soledad ,sin lágrimas ni curas, ni médicos ni cirios…Para concentra mejor en ella y vivirla de forma verdadera, no alineada. Quería una muerte acorde cos su vida: recogida, tranquila y solitaria, “suya”.

Montaigne declaró que deseaba estar sólo para poder acoger el posible dolor y miedo sin tapujos, quejándose cuanto quisiera, siguiendo su sentir natural.
Resulta evidente también que Montaigne no compartía la idea cristiana de la resurrección. Y, al no haber, tras la vida, ni premio ni castigo , no había motivo para sentir e temor escatológico por el infierno o la esperanza del cielo.
El pecado es monstruoso en sí, no en función del beneficio o la pérdida que pueda acarrear.

Al igual que el amor ,la enfermedad o cualquier otra circunstancia de la vida, la muerte puede servir para diferenciar a un hombre de otro.

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