MICHEL DE MONTAIGNE
Dada la vanidad y la inestabilidad de todo cuanto existe,
tanto en su concepción del hombre y de la vida como en el conocimiento de sí
mismo, Montaigne dejó de lado cualquier ambición de perfeccionamiento,
imposible en un orden en el que lo bueno y lo malo se entremezclan
necesariamente.
Gracias a la idea de fortuna se da cuenta el autor de qué es
la acción: un deambular azaroso en el que el éxito y el fracaso no dependen de
la voluntad, sino del favor o la desgracia del momento. La fortuna puede favorecer o contrariar la
acción, pero ni la voluntad la somete en el primer caso, ni es su enemiga en el
segundo, la fortuna es lo arbitrario absoluto, indiferente, la forma primera de
la distancia que separa la voluntad humana del curso de las cosas. Por lo tanto,
ni triunfar es un mérito ni fracasar una incapacidad atribuibles al hombre.
De las experiencias observadas se desprende así para
Montaigne la conveniencia de renunciar a cualquier tipo de voluntad
sistemática. Querer algo o hacer planes no garantiza que se consiga esa meta;
renunciar, desesperar, no conlleva la certeza de no lograr el objetivo; no hay
un nexo inteligible entre el deseo y el cumplimiento, ni entre la renuncia y la
pérdida; en el mundo reina el absurdo.
La “voluptuosidad” presente en la obra de Montaigne consiste
así en el abandono de uno mismo a la gracia y a la plenitud de la existencia,
ennoblecido por la medida y la reflexión.
Para el pensador francés , la educación de la infancia debía
enfocarse hacia un doble objetivo: hacer hombres felices y conseguir una mejor
sociedad futura.
Para ello, el preceptor deberá tener la cabeza “bien
formada, más que bien llena”; no debe estar cargado de prejuicios y debe
adaptar su enseñanza a su alumno, no al revés.
Es importante que el chico no se contente con la formación
que le puedan suministrar los libros: debe de viajar y ver mundo. No fiarse de
su memoria, sino implicar siempre al entendimiento. No sólo “fortalecer el
alma” sino también los músculos; Montaigne preconizaba el entrenamiento de los
niños , que debería compensar la suavidad de los métodos de enseñanza para
dotar de resistencia al alumno. El infante tenía que endurecer su cuerpo,
aprender a no temer el frío ni la
oscuridad, aprobar a probar toda clase de alimentos. Debía fortalecerse para
sufrir menos. El educador deberá hacer del niño un “leal servidor de su
príncipe” , pero enseñándole a no esclavizarse, en otros términos, ano
convertirse en cortesano. Según Montaigne, podría hacerse en estos términos: no
hay nada como atraer el interés y el afecto; de otra manera ,lo único que se
logra son asnos cargados de libros.
Pedagogía lúdica y
dulce severidad
Montaigne defendía asimismo la ideas del aprendizaje
mediante el juego, presente ya en François Rabelais y consagrada siglos más
tarde por el poeta, dramaturgo y pesador alemán Friedrich Schiller (
1759-1805). Sostuvo la necesidad de inculcar al niño el gusto por aprender, ya que la formación depende
de la motivación del alumno. No basta con acumular conocimientos la vida de una
persona muestra más que los saberes que haya podido memorizar “El verdadero
espejo de nuestras razones es el transcurso de nuestras vidas” Y para poder
vivir de manera sabia será preciso que cada cual siga su naturaleza sin
forzarla con los sentidos atentos al mundo y también a sí mismo.”
“ Debe el maestro acostumbrar al discípulo a pasar por el
tamiz todas las ideas que le transmita y hacer de modo de modo que su cabeza no
dé albergue a nada por la simple autoridad y crédito”. Enseñar a tener un
espíritu crítico, una autonomía de pensamiento y una libertad de conciencia
capaces de formar a un hombre realmente libre.
Cualquier hombre, sea como sea y viva donde viva, tiene
derecho a existir y a llevar una vida de acorde con su naturaleza y con las
costumbres de su sociedad.
Tanto si la naturaleza es considerada una causalidad
universal dotada de finalidad, como si es imaginada como la madre fecunda y
generosa, a veces aparece subordinada y otras identificada con la providencia
divina. Así, en lo relacionado con el hombre, es el instinto infalible del bien.
La naturaleza humana
“ Con todo, podemos muy bien montarnos sobre zancos, pues
aún sobre zancos hemos de andar sobre nuestras piernas. Y en el más elevado
trono del mundo, estamos sentados sobre nuestro trasero”. El hombre es una
criatura desamparada que no debe ser juzgada de manera negativa con motivo de
su condición natural; solo cabe observarla y aceptarla tal y como es.
Puesto que Dios ha querido dotarnos de cierta capacidad de razonamiento,
a fin que no estemos, como los animales, servilmente sometidos a las leyes
comunes, sino que , por el contrario, nos apliquemos a ellas por juicio y
libertad voluntaria, debemos ceder un
poco a la simple autoridad natural, ero
no dejarnos llevar tiránicamente por ella; sólo la razón debe de dirigir
nuestras inclinaciones.
A diferencia de los estoicos, los epicúreos no consideran el instante como
la posibilidad de actuar y afirmar su autonomía, sino más bien como una ocasión
de placer. Esta búsqueda de gozos
requería disciplina, pues se trataba de satisfacer las necesidades naturales, y
no la artificiales, que son ilimitadas. Era preciso asimismo saber templar el
placer, para evitar sufrimientos en su ausencia.
El individuo que sabía que la muerte no era más que una de
esas metamorfosis ya no temía el instante supremo. la visión de Montaigne
adquirió de la muerte al final de sus días respondía más a esta concepción
epicúrea que a la actitud heroica que ante el final de la vida preconizaban los
estoicos.
Aprendió entonces de los epicúreos que el instante cobra realizad
gracias al placer, que es una creación del individuo, con infinitas variantes
pero siempre con una participación activa de la conciencia.
“Correría de un extremo a otro del mundo para busca un año
de tranquilidad agradable y alegre, pues no tengo otro propósito que vivir y
disfrutar”.
La naturaleza guía al hombre no sólo con suavidad, sino
también con prudencia y justicia. Las leyes que impone, dice, son siempre “más
agradables que las que nos imponemos nosotros”, y las reconocemos gracias a la experiencia
y a la observación de nosotros mismos.
Montaigne inició así el recorrido que le llevaría a su propia
idea de la muerte, que excluiría los motivos cristianos y se centraría en la
actitud que debe be adoptarse ante ese fenómeno. Puesto que se trata de la
única angustia absolutamente inevitable para el hombre, este debe anticiparse, imaginarla
y prepararse para ella. El remedio del vulgo es no pensar en ella. pero ¿de qué
brutal estupidez puede venirle una ceguera tan burda?”. Quién no reflexiona
sobre la muerte desde el principio de su vida consciente comete un acto de
negligencia que tendrá que pagar en su última hora, afirma el pensador.
No obstante, debe de vivirse con normalidad, aceptándola con
resignación aunque con cierta impasibilidad, continuando con las costumbres y
avatares existenciales.
“La muerte definitiva no es sino la última actualización de
la muerte que está presente siempre. No hay que
ver en la muerte solo un desenlace inevitable, sino familiarizarse con ella y abrazarla
armoniosamente como una parte más de la vida.
El desprecio a la vida que implica el suicidio le repugnaba;
el hombre debe de aceptar la vida con sus condiciones, entre ellas su finitud. “
De nuestras enfermedades, la más salvaje es despreciar nuestro ser”.
Cada hombre debe de morir como mejor pueda, siempre que se
mantenga fiel a sí mismo; tiene sentido buscar una actitud ejemplar en
la muerte si ello contradice la vida que uno ha llevado: “Cada muerte debe de
ser semejante a la vida, no nos convertimos en otros para morir”.
Si un hombre no se siente con fuerzas para afrontar la
muerte de cara, sin ayudas (algo por otro lado normal si no es un héroe como Sócrates ,pensaba el
gascón) es mejor que se apoye en la naturaleza y no en escapatorias que le
puedan facilitar la religión o la teoría filosófica..
De poder elegir, él hubiera preferido estar abierto a esa experiencia
final en plena actividad (mejor a caballo que en cama ,dijo), y en soledad ,sin
lágrimas ni curas, ni médicos ni cirios…Para concentra mejor en ella y vivirla
de forma verdadera, no alineada. Quería una muerte acorde cos su vida:
recogida, tranquila y solitaria, “suya”.
Montaigne declaró que deseaba estar sólo para poder acoger
el posible dolor y miedo sin tapujos, quejándose cuanto quisiera, siguiendo su
sentir natural.
Resulta evidente también que Montaigne no compartía la idea
cristiana de la resurrección. Y, al no haber, tras la vida, ni premio ni
castigo , no había motivo para sentir e temor escatológico por el infierno o la
esperanza del cielo.
El pecado es monstruoso en sí, no en función del beneficio o
la pérdida que pueda acarrear.
Al igual que el amor ,la enfermedad o cualquier otra circunstancia
de la vida, la muerte puede servir para diferenciar a un hombre de otro.
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